REDES SOCIALES

El actual estadio de la sociedad es controlado por la seducción del consumo. La economía del mercado le ha impuesto mayor valor al mundo de las cosas y la frivolidad del individualismo tiende a la ruptura con el mundo de las personas al otorgarle prioridad al culto de la imagen de apariencia libre.

Imagen y apariencia 

El deseo de aparecer en sociedad es propio de la condición humana y se replica con mayor amplitud en estos tiempos de internet. Observar y ser observados, escuchar y ser escuchados, visitar y ser visitados. Estar inmersos -o en paralelo- como sujetos y objetos de deseo que nos permiten ser parte visible de las escenas del mundo. Las redes sociales hacen posible este querer ser y aparecer en el escenario de la plaza pública global con la posibilidad de obtener el reconocimiento y la atención de otras personas.

La vida en sociedad se ha cargado del cliché del “estilo propio” que, sin importar que tanto sea cuestionable, a todas luces es un proceso sintomático del ideal de la intercomunicación. Dependiente del mercado, la réplica inconsciente del actual estilo de vida propone disfrutar el juego del amor a la continua novedad; y también a la búsqueda del sentido estético propio sobrevalorando el hedonismo y la interpretación psicológica de nuestros estados de ánimo con base en modelos mediáticos ideales. El actual estadio de la sociedad es controlado por la seducción del consumo. La economía del mercado le ha impuesto mayor valor al mundo de las cosas y la frivolidad del individualismo tiende a la ruptura con el mundo de las personas al otorgarle prioridad al culto de la imagen de apariencia libre.

De la lectura del libro “Un mundo feliz” se desprende que a la gente se le controla infligiendo placer. Aldous Huxley temía que aquello que amamos terminaría por arruinarnos. No es reprochable el hedonismo exacerbado siempre y cuando se cuente con suficiente capital que heredarle a los hijos. La propensión al placer es hereditaria, casi resulta impensable escapar del ideal placentero como elemento cultural que se trasmite generación tras generación. Gestamos educación continua, formadores de hábitos, todo lo que hacemos en sociedad es percibido, repetido y aprendido a través de sucesivas generaciones imbricadas. En el capitalismo tardío, lo fundamental para una vida hedonista es la solvencia financiera, es decir, el dinero como símbolo de la cultura del éxito narcisista. 

Así las cosas, la esfera pública de las redes sociales está infiltrada por las necesidades de consumo de placer y, en consecuencia, existe una transmisión inconsciente del mecanismo de adicción a la novedad como práctica de la personalidad consumista que rinde culto a una felicidad materialista inacabada. El ideal mercantilista de conocer y administrar metódicamente los instintos de las personas, para crear necesidades falsas que prometan placeres, se nutre de la pulsión escópica-exhibicionista en las redes, donde todos y cada uno de nosotros, consciente o inconscientemente, nos convertimos en una masa de consumidores de publicidad.

La práctica de estar en contacto
A lo largo de los siglos, el ser humano ha configurado acciones culturales, históricas y sociales que le permiten estar en contacto con los demás. Pertenecer a una red social, manifestarse activo en sus usos y costumbres, es una actividad práctica relativamente reciente que surge a partir del auge de los medios digitales e informáticos. Las personas se desenvuelven con similares peculiaridades sociales aunque las redes han generado distintos objetivos de uso en los que se inscriben toda clase de usuarios. Principalmente se utilizan para presumir o expresar estados de ánimo; para manifestar preferencias, gustos, simpatías, antipatías y para hacer visibles nuestras opiniones e intereses. Las redes sociales han permitido la óptima amplificación de la comunicación y el sentido comunicativo de las personas; sin embargo, los distintos sesgos hacen compleja la interacción a través de los diversos tipos de mensajes y la semiótica implícita en las publicaciones compartidas. Pese a todo, en el mundo de las redes sociales, la facilidad para estar en contacto con otros, largas distancias en tiempo real, ha sido uno de sus atractivos más importantes.

Al ingresar a una red social buscamos estar en la escena, cada persona participamos en las redes sociales con un perfil deseado e ideal, ser quiénes quisiéramos ser y cómo desearíamos ser vistos en sociedad: el alter ego que, queriendo o no queriendo, impulsa nuestro sentido de navegación a través de los dispositivos de la red y con el cual nos manifestamos para establecer contactos con personas compatibles e interesantes, o simplemente que nos resulten familiares. En primera instancia siempre formamos nuestra red agregando a las amistades conocidas de la vida presencial —y en su caso a los amigos de los amigos para ampliarla—; sin embargo, en la práctica real sucede que el mismo sistema de algoritmos propone y solicita sugerirle contactos al recién ingresado y posteriormente sigue sugiriendo que se le sugieran contactos a los contactos y amigos de amigos. Esto es así porque el negocio de redes sociales se basa en que las personas tengan muchos contactos y seguidores, puesto que del volumen de amigos y seguidores depende la mayor captación de información para incrementar las bases de datos que habrán de servir para procesos publicitarios, el núcleo conocido del plan de negocios de los propietarios de estos medios informáticos.

El número de conocidos y contactos hacen que la tarea de mantener verdaderas relaciones de amistad con la mayoría se torne complicada. En otras tantas ocasiones, las amistades que se concebían reales pueden llegar a distanciarse como una consecuencia más del pesado proceso de seguir a varios amigos y nuevos amigos en potencia, además de la complejidad para concordar con la las preferencias y opiniones exhibidas en todas y cada una de las publicaciones. Conforme se amplían las redes de amistad, estos nexos se pueden diluir o ir haciendo banales. Los comentarios y “me gusta” no representan mucho esfuerzo ni significan afecto en comparación al hecho de cultivar verdadera amistad. La amistad real está basada en los mutuos cuidados y el interés continuo empeñado en el bienestar de los afectos, lo cual requiere no sólo de tener un vínculo de simpatía, sino además tener la posibilidad cercana de ayudar cuando un amigo lo necesite. Por ello es falso que la actividad en las redes sociales, por sí misma, haga sentir afectividad en las personas. Los afectos reales necesitan de cuidadosos procesos y de tiempo.

En muchos casos, las redes sociales sirven para facilitar la comunicación y el contacto entre aquellas personas que comparten intereses o ideas y gustos convergentes, pero siempre llega el momento en que el contacto comunicativo pudieran expresarse y sentirse mejor cuando los interesados se telefonean, o cuando se comunican de manera frecuente por chat, o aún mejor cuando es posible reunirse de manera presencial.

El uso de las redes sociales nos viene bien a casi todos, la timidez de las personas es disminuida en las relaciones virtuales, y la comunicación suele ser fluida incluso para aquellos huraños al trato. La mayoría sigue a su núcleo de amigos y compañeros que se desempeñan en el mismo tipo de actividad, manteniendo un contacto y seguimiento continuo, diario. Otro tanto sucede con las noticias cotidianas de los familiares y amigos cercanos.

También se presta para la localización de amistades y ex compañeros de escuela o de empleos en anteriores centros laborales, algunos, cuyos domicilios se ubican en diferentes localidades de un mismo país y en ocasiones hasta en distintos países cercanos y lejanos.

Uno más de los usos habituales es para promover el trabajo independiente, obras artísticas, convocatorias a eventos culturales, promoción de atractivos turísticos, sitios de encuentro, reuniones de trabajo, cursos talleres y presentaciones de todo tipo. En términos generales es posible transitar por las redes sociales haciendo uso propagandístico en las mismas, para diversos fines, y con los menores contratiempos. Sin embargo no todo es miel sobre hojuelas, como humanos debemos tener en cuenta que nuestros movimientos en sociedad pueden ser observados y generar reacciones emocionales variadas entre amigos y conocidos. De manera inesperada, los usuarios, podemos llegar a desarrollar toda clase de sentimientos tanto positivos como negativos en relación a nuestros contactos o acerca de sus comentarios y publicaciones. Lo incierto e impreciso es un elemento frecuente en las redes, también los enredos y el cotilleo suelen ser parte de la sazón que en lo social se concibe interesante, o al contrario, cualquier situación que aparente ser aburrida se percibe como pecaminosa y hasta detestable.

Hay que tener presente el caso de aquellas personas con autoestima debilitada, u otras que cursan condiciones de susceptibilidad excesiva y vulnerabilidad emocional, el hecho que haya otros que reciban mayores comentarios y atención pueden potenciar en ellos sentimientos depresivos o neuróticos. A este tipo de personas no les resulta fácil mantener ecuanimidad en medio de las noticias y estados que bombardean vertiginosamente perfiles y notificaciones. También es casi imposible evitar situaciones de riesgo de lastimar o salir lastimados ante ciertos comentarios o por la exposición inoportuna e indiscreta de algunas situaciones que generen molestia entre amigos y contactos, que dicho sea de paso, suelen presentarse de manera eventual y aleatoria con todo tipo de personas. A veces estos episodios pueden desencadenar tensiones entre amistades más allá de las instancias de la virtualidad, incluso pueden llegar a generar rupturas y malos entendidos definitivos.

En cuanto al deseo consciente o inconsciente de exhibir cualquier cosa, se sabe que el principal uso que se da a las redes sociales es para presumir entre amigos, “todos queremos ser”, algo que sin lugar a dudas suele despertar envidias, celos y a veces molestias con otros amigos y diferentes tipos de contactos, o incluso ante terceras personas que observan las reacciones que se suscitan y el ánimo que provocan. La exposición de nosotros y de nuestros intereses da pie a lo peor que podemos encontrar en las redes sociales, es decir, a toda clase de acosadores, “stalker”. El perfil psicológico de los participantes en las redes se asemeja o resume el de la sociedad en su conjunto; no obstante, los dispositivos tecnológicos e informáticos definen otro tipo de conductas individuales que a su vez perfilan diversas actividades de algunas personas y que merece otro tipo de exposición en un texto diferente. Todos sabemos que la Internet está plagada de personas que dedican sus vidas a espiar a los demás, incluso a personas de quienes desconocen casi todo, puesto que aun cuando estas personas no publiquen ninguna clase de información personal, siempre es posible que lo hagan sus amigos. Si bien el espía solo pudiera ser un simple voyeur más, a diferencia de éste, el acosador le hace saber a su víctima que le tiene en la mira con distintos tipos de seguimiento, que van desde propuestas de distinta índole hasta actitudes molestas, groseras o amenaza perturbadoras. La mayoría de los miembros de las redes sociales saben que la única forma de evitar ser espiado es mantenerse fuera, o cerrar su cuenta ante situaciones que se perciben graves.

Sustraerse al contagio, encanto e influencia de las redes sociales es complicado, incluso a sabiendas o bajo sospecha que el estímulo de estas prácticas de presunción son importantes desde el punto de vista de vigilancia, control y corrección que las personas nos prescribimos unos a otros sin percatarnos de ello.

Los agentes y factores que intervienen en la regulación y “normalización” de relaciones sociales cobran importancia a través de los grupos que se ofrecen y promocionan como únicas formas y espacios para socializar, elevadas casi al grado de imprescindibles. Es importante no perder de vista que las personas en las redes sociales no significamos más que una masa consumidora de publicidad. Cada uno de los usuarios, a pesar de la diversidad de personalidades, intereses y activismos, para los dueños de estos medios digitales, no somos más que una pieza de información en su propósito de integrar una gigantesca base de datos que ofertar a diversas entidades públicas y privadas que les retribuyan grandes ganancias a los monopolios de tecnología.

A manera de conclusión me parece pertinente decir que cada uno nosotros damos usos distintos a las posibilidades tecnológicas que nos mantienen bajo un incesante flujo de información. Ya que no contamos con el poder de estar en todas partes, las redes sociales nos acercan el contacto, tanto con la información como con las personas que con sus aportaciones nos la presentan de primera mano. Por supuesto que es necesario hacer un uso consciente y filtrado para un mayor provecho de estas posibilidades. En todo momento es posible ser autodidacta de alguna forma o desperdiciar el aprovechamiento de los conocimientos por falta de selectividad en el manejo de los tiempos y formas de estas nuevas herramientas informáticas. La riqueza informativa puede ampliar nuestro acervo emocional e intelectual o bien pueden mantenernos sometidos bajo los dictados temporales de las tendencias y las modas. El abanico de posibilidades personales es amplio mas no así el de la sociedad en su conjunto, ya que tiene que pagar el tributo de entregar un cúmulo de información a cambio del uso individualizado de este sorprendente dispositivo que nos permite soñar que virtualmente somos quienes suponemos ser en sociedad.

Alejandro Olvera

 

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