Agamia

La “agamia” es  el  modelo de soltería sustentable que propone un cambio en las “relaciones personales” ya que,  según la terminología propuesta por ésta, el significado de la palabra “relación” nos debe trasladar a su utilización libre como un ideal genérico de “vinculo o conexión entre seres”, porque la palabra relación  es un término completamente inespecífico con respecto a las características de  dicha relación.

AGAMIA Soltería con erotismo sin amor

Lo que nos dejó acá y no allá, es decir, del “desamor” al “no amor”.  De las relaciones monógamas  a la “agamia”.  ¿Psicología, sociología, o lingüística?

Imaginar escenas cotidianas de la vida íntima de las personas puede resultar inquietante por lo común del papel que el sexo juega en nuestras vidas. Vivimos sujetos a tensión sexual desde tempranas edades y más allá de la edad madura. Lo aceptemos o no, el sexo interviene en casi todos los ámbitos de nuestra existencia, incluso en aquellos que no tienen un vínculo específico con la sexualidad, la pulsión sexual siempre está presente.

Es posible que algunas mujeres con pareja, llámese novio, esposo o compañero, sientan agrado al percatarse que alguien (de manera selectiva) les observa las piernas en la calle o en el transporte público y con ello se generen fantasías “pecaminosas” (en unas y otros), siendo este deseo una pulsión normal. No sería sorprendente una situación donde una esposa experimente y manifieste molestia por el olor a alcohol o tabaco en su pareja; y sin embargo,  lo pase por alto y hasta le agrade en un amante clandestino durante una relación sexual. Tampoco es inverosímil pensar en el asco que le produciría utilizar el cepillo de dientes de su pareja y en cambio no experimentar la misma repulsión al llevarse el pene desaseado de su amante hasta la garganta durante el paroxismo del sexo duro, o la lengua sucia durante el cunnilingus. Tal vez algo más simple como el estímulo excitante de sentirse atraída por los ojos bonitos de un posible amante y desear tener sexo en posición a cuatro patas. En el caso de hombres comprometidos con novia, esposa u otro tipo de pareja, es fácil suponer que no realizan las mismas prácticas de sexo salvaje que efectúan sin escrúpulos con sus amantes; se da por hecho que el sexo masculino es arrastrado a la infidelidad por un instinto primitivo de gastarse en fecundación y recursos en múltiples aventuras. En suma podemos reconocer que la pulsión sexual está presente como una necesidad intrínseca de todas las personas y también, que los matices entre una u otra persona, o la mayoría de estos matices, dependerán de las preferencias, prejuicios, o de aspectos culturales (estéticos y éticos) que cada individuo posea.

Actualmente demasiadas personas dan por hecho que la infidelidad tarda un tiempo indefinido en suscitarse y que,  en el mejor de los casos, ésta permanece bajo el resguardo de las fantasías y la contención, o bien que suceden en secreto en la discreción de la clandestinidad. También, por supuesto, sabemos que las comparaciones y el deseo de tener relaciones sexo-sentimentales con una y con otras personas (ya sea en la misma temporada o durante tiempos consecutivos) forman parte del cotidiano acontecer en la psique humana.

¿Por qué no tenemos relaciones sexuales unos con otros de manera indiscriminada? La respuesta dada por los mecanismos de selectividad de nuestra especie nos permite saber que todos deseamos ser elegibles para el sexo, pero al mismo tiempo reservamos o condicionamos las alternativas sexuales. Si bien la sexualidad humana ha sido parte importante de la supervivencia de la especie, en el plano individual no nos conformamos con esa finalidad a pesar de estar sometidos de manera instintiva a su continua influencia. Buscamos, y de hecho lo hacemos, jerarquizar la sexualidad en distintas formas que van desde la búsqueda salvaje del placer hasta la conformación de sofisticados usos y prácticas confluentes. Parece que la parte masculina de nuestro conformación cerebral se deja llevar con mayor facilidad por el supuesto de la psicología evolutiva: intenta fecundar a la mayor cantidad de hembras y que ellas se encarguen de la crianza de los vástagos, a solas o en compañía de algún hombre que seduzcan; en cambio las mujeres tienen un sofisticado programa evolutivo humanizado en su calidad de hembras, no se pueden permitir el lujo de ser fecundadas indiscriminadamente  sin tener determinadas garantías de recibir el apoyo, de diversa índole,  de los recursos necesarios para la crianza de sus hijos.  Claro, sabemos que estos instintos operan en los humanos desde la Edad de Piedra, pero es bastante seguro que pervivan en las capas más antiguas de nuestros cerebros a pesar que las circunstancias de la civilización hayan cambiado.

De manera reciente ha surgido la inquietud y una propuesta de personas inconformes con el estatus de las formas de relacionamiento sexual que existen en la contemporaneidad. Proponen un forma de vida que cuestiona la relación de pareja envuelta bajo el manto de la institución del amor.  Estas  personas  identifican como “gamos”  a la unión formal y objetiva donde el sexo es el sacramento del “gamos”,  es decir,  la monogamia y en algunas cuantas culturas  la poligamia legalizada.  La idea nomina  “relación gámica”  a cualquier tipo de “relación de pareja”,  de “noviazgo”, o sencillamente a cualquier tipo de relación sentimental que sea evidente ante la sociedad.  Se entiende que cualquier otro tipo de relación no se especifica como “relación de pareja” incluyendo que las relaciones sexuales sólo por sexo  son conocidas como amasiato y  que, aun siendo clandestinas, se conciben como una naturaleza  especifica de relación de amantes en secreto.  Por lo tanto donde no existe una relación física no puede especificarse como una relación, pues la  ausencia del “gamos”  identifica a otro tipo de vínculos en el plano de: amistad, compañerismo,  relaciones profesionales,  vecindad, o social por afinidad en gustos e intereses.

La “agamia” es  el  modelo de soltería sustentable que propone un cambio en las “relaciones personales” ya que,  según la terminología propuesta por ésta, el significado de la palabra “relación” nos debe trasladar a su utilización libre como un ideal genérico de “vinculo o conexión entre seres”, porque la palabra relación  es un término completamente inespecífico con respecto a las características de  dicha relación. La agamia, por lo tanto, se propone una ruptura sustancial con el modelo  tradicional, cuyos estereotipos son la relación amorosa (el amor visto como una cárcel que priva de la libertad de conexión con otros) y la existencia de la pareja cuya finalidad, consciente o inconsciente,  empieza y culmina con la sexualidad reproductiva. La agamia propone crear confianza en nuevos estilos de relacionamiento disponiendo de herramientas para desactivar algunas trampas del amor; disolver la “fidelidad” como un elemento de la sofisticación selectiva procreativa de la especie para reemplazarla por la lealtad a sí mismos y a los vínculos de cercanía e interrelación con otras individualidades.  Así, la agamia, o soltería sustentable, tiene como presupuestos principales los siguientes:  la renuncia al “gamos” (a la institución de la pareja); el rechazo al amor considerándole un constructo de sometimiento de la capacidad de establecer múltiples nexos;  y la sustitución de la sexualidad por el erotismo (varios vínculos confluentes).

La propuesta  de la “agamia” concibe al amor como un concepto protegido por una coraza de dogmas de fe, dogmas flexibles y resistentes, prácticamente invulnerables. Sin embargo considera que el amor, de manera paradójica, es fuente caudalosa de desamor y de otros males que inevitablemente dejan grandes daños y heridas a su paso. Encuentra en el amor un acto pasional casi violento conformado por: atracción instintiva, deseo de apropiación territorial, codependencia, apego y dolor asumido. El amor, tal y como se conoce en la actualidad, desde la propuesta  “ágama”, más que un tipo de relación edificante tiende a crear desilusión y deforestación afectiva en torno de la persona que se considera pareja.  Salvo en la sublimación del deseo carnal, obviando cada una de las barreras afectivas creadas o encontradas que permitan defender las relaciones de pareja y no perjudicar otras relaciones, es como se puede pensar que el amor derive en una dinámica afectiva cordial y funcional.

La “agamia” propone un modelo de pensamiento que nos permita ir más allá de la naturaleza estricta de las relaciones personales de amor,  la sustitución del sexo por el erotismo convoca a la germinación de nuevos tipo de relaciones no especificas que traspasan las barreras de la heterosexualidad.  Por ejemplo, es bastante posible imaginar tener un vínculo de amistad entre personas de ambos o distintos sexos con un amigo que le guste leer  “El principito” y  convivir con frecuencia en una afinidad que no necesariamente implique un tipo de relación consensual presumible. O bien,  unas amigas lesbianas que pueden sentirse atraídas a una convivencia de mutuo aprecio erótico y sentimental, manteniendo una relación poliamorosa con una tercera persona de cualquier sexo y que cada una de ellas pueda tener encuentros sin renunciar a la  deseada soltería.   Una mujer puede vivir con un hombre con quién hace equipo para la crianza de unos niños y estar en consenso para tener encuentros eróticos y sentimentales con otros hombres; así mismo, el compañero de crianza de los niños puede consentir, sin experimentar celos, similar conducta sin afectaciones de ningún tipo entre los diversos tipos de vínculos y personas implicadas.

Por lo tanto la “agamia”  exige la comprensión y el desapego de las emociones de exclusividad a cambio de mantener una armónica sociabilidad.  Es por eso que la agamia concibe al amor como un estatus donde los individuos llegan a experimentar mayor  soledad que en la ausencia del  mismo, porque el sentimiento de amor priva de la libertad de sociabilidad de los afectos que de ella emanen desde varias fuentes.

En suma,  la “agamia”  o soltería sustentable propone una redefinición de la idea de familia, sustituyéndola  por la conformación de una agrupación de individuos con relaciones consensuales de erotismo, compañía y confluencia de intereses.  Entre los argumentos de peso para este modelo encontramos que el amor es una prisión; que a final de cuentas la monogamia se vive con insatisfacción e infidelidades subterráneas;  y que tarde o temprano la vida monógama concluye con uno de los dos integrantes de la pareja viviendo en el desamor, en la soledad o  la  viudez;  y sobre todo que el amor es una construcción favorable al machismo de los patriarcas de la sociedad y no es sensible a las necesidades de realización individual de las personas.   ¿Agamia o anagamia? Nos propone un debate social del siglo XXI; de psicología y de lingüística, puesto que nos plantea nuevas reflexiones e inquietantes preguntas:   ¿Del desamor al no amor como ideal de felicidad? ¿Es el amor un instinto o un invento social? La pulsión sexual es vital para la supervivencia de nuestra especie pero,  ¿acaso  el amor no lo ha sido, a pesar de lo confuso o  difuso de sus límites pasionales?

Alejandro Olvera

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